¿Para qué me sirve ganar el mundo entero? (Mc 8, 34-9, 1)

Es inevitable traer a la cabeza y al corazón la canción de la Hermana Glenda «¿Para qué me sirve?» basada en la Palabra de hoy. Los recuerdos se agolpan en mi alma al escucharla y vuelvo a vivir aquellos momentos hace 7 años estando de retiro espiritual decidiendo la vida y poniéndome a disposición del Señor para que hiciera conmigo lo que quisiera. Estaba dispuesto a todo: a casarme, a ser religioso, a lo que sea…

¿Para qué nos sirven tantas cosas? ¿Para qué nos sirve todo eso por lo que tanto nos preocupamos? ¿Para qué me sirve tener un sueldo inmenso si tendría que trabajar hasta tan tarde que no podría cuidar y besar a mi mujer y a mis hijos? ¿Para qué me sirve el dinero si no lo uso para buscar la voluntad de Dios en nuestras vidas y gastarlo por los demás? ¿Para qué me sirve vivir de puntillas, sin meterme en ningún charco, sin complicarme la vida? ¿Para qué me sirve tener todo lo que sale al mercado si eso no me llena, más bien al contrario? ¿Para qué me sirven los miedos, las inseguridades que me hacen perder la paz?
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Vale la pena perder la vida con Cristo. Vale la pena gastar la vida en el hermano. Vale la pena luchar por ser libre y feliz. «Quién pierda su vida por mi, la encontrará». Esa es la promesa. Yo… me la creo.

Un abrazo fraterno

¡Piensas como los hombres, no como Dios! (Mc 8, 27-33)

¡Vaya rapapolvo le ha caído a Pedro! Todo por intentar persuadir a Jesús de que ese final de sufrimiento no tenía porqué darse si Él no quería. Supongo que Pedro actuaría de buena voluntad. Tal vez he aquí el problema. A veces la buena voluntad nos juega malas pasadas. Por intentar evitar una situación de sufrimiento, de dolor, de inseguridad, de desamparo, de soledad… al final, sin darnos cuenta, somos capaces de renegar de aquello para lo que fuimos creados, de aquello que Dios espera y sueña de nosotros en cada momento.
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Intuyo que la reacción de Jesús fue tanto más brusca al tratarse de uno de los amigos que más amaba. Era Pedro el que estaba siendo su «piedra» en el camino. A Jesús le dolería ver que Pedro no se estaba enterando de nada, que se estaba quedando con lo bonito de «seguir al Maestro», que en el fondo quería evitar las consecuencias inevitables de aquellos años de liberación, predicación, testimonio… Por otro lado, Pedro podía llegar a ser una tentación real para Jesús. De ahí el enfado. Eran sus amigos. Los amaba. Se sentía a gusto con ellos. ¿Por qué no seguir predicando, seguir viajando… pero sin llegar a mucho más? ¿Por qué no disfrutar en parte la vida junto a esos con los que tanto había vivido ya? La tentación es fuerte.

Yo a veces vivo situaciones parecidas. Y más complicado es cuando son los que más cerca tienes los que te tiran, con toda la buena voluntad del mundo, hacia el otro lado. Hace falta perseverancia para mantenerse en las decisiones tomadas, en las misiones asumidas. Esto hay que tenerlo claro: somos débiles. Cualquier despiste puede llevarnos a quedarnos a medias, cualquier «buena voluntad» puede echar al traste la radicalidad del seguimiento. ¡Qué importante es que los demás nos ayuden en esto, que no sean tentación! ¡Qué importante es verla venir y mantenerse firme en los planes del Padre!

Un abrazo fraterno

Yo te haré luz de los gentiles (Hch 13, 46-49)

luz-en-el-camino.jpgLos gentiles eran los que no profesaban la fe judía. A esos se dedica Pablo. A esos va a predicar. De esos será la luz. Esos son «la oveja perdida».

Hoy el mundo es más gentil que entonces. Hoy, cada día, crece el número de personas indiferentes ante la religión, ante Dios, ante ellos mismos. También crece el número de creyentes un tanto farisaicos, perfeccionistas, creyentes de élite. Y cada vez se abre más la brecha que separa a unos de otros. Hoy el Padre me llama de nuevo, me confirma en la misión. Yo soy para los gentiles. Yo seré su voz entre aquellos alejados pero con el corazón más receptivo al amor de Dios, a la caricia tierna del Padre.

La Palabra de hoy trae a mi vida esperanza. Sobre todo porque afirma que todo vendrá de Dios, que será Él quién hará de mi «LUZ». Yo no soy nada por mi mismo, soy uno más, poca cosa, pecador, barro viejo. El Señor inunda mi vida, me transforma. Él pondrá sus palabras en mi boca. Él pondrá su sello en mis acciones. Él pondrá su amor en mi mirada y en mis gestos. Sólo tengo que dejarme hacer y salir a caminar, a hablar, a actuar. Hoy vuelvo a sentirme llamado a mezclarme en el mundo y desde ahí transformar realidades, curar heridas, parir a Dios.

Un abrazo fraterno

… se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra… (Gn 6, 5-8;7, 1-5.10)

Padre,

quiero que no te arrepientas de haberme creado. Quiero hacer de mi vida el motivo de tu creación. Quiero que mis actos justifiquen tu decisión de amor de crearme. Mírame y ayúdame. Ayúdame a saber responder a tu sueño primero. Enséñame tus caminos. Endurece mis músculos para no desfallecer y enternece mi corazón para saber parar ante el que lo necesita.

Padre, ¡que el regalo de la vida que me diste esté siendo agradable a tus ojos! ¡No te fijes en lo malo! ¡Sé condescendiente conmigo!

Gracias, Padre, por haberme creado.

Un abrazo fraterno

… serán los dos una sola carne (Gn 2, 18-25)

¡Qué hermoso es experimentar hoy este encuentro en el Paraiso de hombre y mujer! ¡Qué hermoso es sentirse obra de Dios! ¡Qué bonito descubrir que es Dios quién te ha presentado! ¡Qué apasionante vivir juntos la tarea de colaborar con el Padre en la creación inacabada! ¡Qué importancia cobra hoy y siempre la palabra UNO! ¡Ser UNO!
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A veces es difícil explicar cómo puede uno, sin perder su «ser personal» propio e intransferible, fundirse con otra persona elegida y amada para dar como resultado un nuevo ser. Mi experiencia de pareja, matrimonial, me dice que es posible. Que yo sigo siendo yo, con mis defectos y mis virtudes, con mis enredos, con mi forma de entender el día a día, con mis gustos, mis hobbies… Y ella igual. Ahora bien, hemos creado (y lo seguimos haciendo) un nuevo ser que está por encima de nosotros como personas, que nos sobrepasa. Ese ser «nosotros» es ahora más importante. Imposible negar que ahora no puede uno decidir, vivir y actuar como si sólo estuviera él. Hay que hacerlo pensando y sintiendo en el «nosotros». Pero en contra de lo que algunos «progres» se empeñan en decir eso no me hace dejar de ser yo porque es mi yo el que decide libremente apostar por el «nosotros». Lo que jode, con perdón, es que haya personas que seamos capaces, desde nuestra libertad, de apostar por algo más grande, que nos supera y que nos exige. Otros no están capacitados para hacerlo y venden su cobardía o su eterno escapismo de lo que compromete como muestra de personalidad, de progresismo.

Dios me presentó a mi mujer. Nos pidió ser UNO. Desde ese momento esa es nuestra vocación fundamental. Difícil pero apasionante… y apasionada…

Un abrazo fraterno 

… lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre… (Mt 7, 14-23)

¡Qué rápidos somos en nuestros juicios! ¡Qué veloces a la hora de decir lo que está bien y mal, quién es bueno y malo, qué es admisible y qué no lo es! Viendo el otro día una película sobre la vida de Juan XXIII me llamó profundamente la atención una frase que él repitió varias veces… «Hay que condenar a la acción, nunca al que la comete». Algo así era. Creo que viene muy bien para sentir aquello que la Palabra trae hoy a mi corazón.

Recuerdo con agrado el año en el que me compré el Catecismo, el grande, el oficial. Recuerdo leer los artículos sobre moral de manera especialmente interesada y recuerdo la sorpresa agradable que me llevé al comprobar que artículo tras artículo, bien hablando de la homosexualidad, bien hablando de la prostitución, bien hablando de todos esos temas tan candentes y tan actuales, los párrafos solían acabar dejando una gran puerta abierta a la posibilidad de que todas las afirmaciones y sentencias dadas anteriormente no podían llegar a lo profundo del corazón y que, por lo tanto, sólo Dios (que conoce lo que hay en el corazón) era quien para «dar veredicto». Lo triste es que todo eso tan cuidado a la hora de redactar el Catecismo es casi papel mojado en la vida cotidiana.
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Estamos demasiado acostumbrados a generalizar, al «café para todos». Jesús hoy nos recuerda que no es así. Y en los Evangelios podemos leer y comprobar actitudes de Cristo (ante la adúltera, la prostituta, el recaudador, el ladrón, el leproso…) que, tal como funcionamos, deberían resultarnos escandalosas. Menos juzgar y más amar para llegar al corazón de las personas.

Un abrazo fraterno

Cuando contemplo el cielo… (Sal 8)

Cuando contemplo el cielo…

     … me siento tremendamente libre y afortunado.
     … te veo Padre en la inmensidad del orbe.
     … tomo conciencia de lo pequeño que soy dentro de la Madre Naturaleza.
     … dejo correr mis sueños en ser fiel a mi vocación verdadera.
     … deseo poder contemplarlo con mis hijos dentro de unos años.
     … siento que tenemos que cuidar el planeta en el que vivimos.
     … traigo momentos especiales de mi pasado en los que el cielo también fue protagonista.
     … pido felicidad para mi familia.
     … me presento ante Ti desnudo, débil y cansado.
     … doy gracias por mis sentidos.
     … me gusta verlo azul, limpio, o negro, con estrellas.
     …

Cuando contemplo el cielo, Padre, te contemplo a Ti.

Un abrazo fraterno
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… algunos le reconocieron… (Mc 6, 53-56)

crist123.JPGNo todos. Algunos. Algunos le reconocieron. Algo debía desprender la presencia de Jesús para que le reconocieran. Algo debían de tener los «algunos» para que sólo ellos, a diferencia de otros, fueran capaces de percibir esa «diferencia».

Como Jesús, ¿a mi me reconocen como seguidor de suyo? ¿La gente me identifica como portador de la Buena Noticia? ¿Allí donde voy «sacan los enfermos a las plazas»? ¿Transmito paz? ¿Acerco al Padre? ¿Sano enfermos? ¿Qué transmito con mi presencia, con mis palabras, con mi cuerpo? Creo que es un buen examen para hoy, un examen de mi «parecido con Cristo». Sí, he sentido muchas veces que hay personas que ven en mi algo diferente. También he tenido la experiencia de percibir que para otros soy uno más… ¿En qué punto está la diferencia? Creo que este examen debería ser diario. Voy a proponerme hacerlo así.

Y, por otra parte, ¿estoy en sintonía con Jesús? ¿Lo veo pasar? ¿Siento su presencia? ¿Percibo que me acompaña? ¿Soy capaz de distinguir a Dios en los ojos del prójimo? A veces me lo pierdo. Demasiado ruido. Demasiado trabajo. Demasiadas cosas que hacer. Muchos días Jesús «llega a mi pueblo» y se va sin que yo me haya dado cuenta. Otras veces, le preparo la plaza, me dispongo a recibirle… aunque creo que en esto debería mejorar mi sensibilidad, mi escucha, mi percepción… Debo estar más atento, debo mirar más al corazón del hermano para reconocer a Jesús…

Un abrazo fraterno

Por tu palabra, echaré las redes (Lc 5, 1-11)

Lo que hoy escucho para mi Padre en tu Palabra resuena en estas palabras de Pedro. Son palabras de fe, de confianza en aquel con el que trata. No tenía pinta Pedro de ser un pusilánime, ni temeroso ni inseguro. Posiblemente si en lugar de ser Jesús es cualquiera de sus amigos o conocidos pescadores el que le pide que vuelva a alejarse con la barca, Pedro le hubiera contestado con su característica brusquedad. Pero Pedro sabe con quién habla.barca.jpg

Nosotros, a veces, hacemos caso a quien no lo merece. Planteamos la vida en base a términos que nos vienen dados, a veces, por gente que ni conocemos ni nos conocen. Abrimos nuestros oidos al mundo y los cerramos ante Jesús. Hoy es un día de Palabra, no de silencio. Hoy es un día de escucha y de confianza. Hoy es un día de llevar la escucha a la práctica. En mi familia y en mi comunidad son varias las decisiones tomadas desde la escucha de tu Palabra, Señor. Hay días en que todo se complica y uno está tentado a actuar desde los parámetros y con las soluciones del mundo. Hoy vienes a recordarme que debo confiar en Ti, que tu voluntad (que lleva a las profundidades del mar y que a veces nos hace perder la referencia de la orilla) siempre acaba en abundante recompensa.

Ojalá Padre, como Pedro, me repita cada mañana «Por tu palabra, echaré las redes».

Un abrazo fraterno 

Venid a un sitio tranquilo (Mc 6, 30-34)

asolas.jpg¡Qué bonito gesto el de Jesús! Los apóstoles llegaron de vuelta después de un tiempo predicando cada uno en un lugar. Llegaron cargados de sensaciones, de experiencias, de cosas que contar, de momentos que compartir, de camino andado… Jesús es sensible a todo esto y propone irse juntos a un sitio tranquilo, a charlar, a compartir, a contárselo todo, a profundizar lo sucedido y lo vivido. Es un gesto hermoso de alguien preocupado por sus hermanos, deseoso de escucharlos, encantado de vivir junto a ellos. Además Él sabe que después de una vivencia tal es necesario ponerlo todo en orden, ponerlo todo a la luz… Es como si fuera necesario que tras una experiencia vital importante hubiera que poner delante de Jesús lo vivido para extraer conclusiones válidas, para dejarse interpelar por su Palabra, para escuchar lo que Él tiene que decirnos…

Nosotros tambié tenemos experiencias que sabemos «tendrán un antes y un después». Experiencias que nos acercan a otros, que nos llevan a conocer realidades desconocidas, que nos empujan a vaciarnos y a darnos, que nos posibilitan un mayor conocimiento de nosotros mismos… Jesús quiere que lo compartamos con Él. Quiero ser partícipe de nuestra alegría de la vuelta, de la energía gastada y renovada, de la ilusión por los caminos nuevos que pueden abrirse, de las dudas y los miedos por sentir que tal vez una misión nos esté reclamando ya no tan secretamente… Él quiere que se lo contemos todo, a solas, lejos del ruido, aunque sólo sea por un ratito…

Un abrazo fraterno