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¿El Señor está con nosotros? ¿Seguro? (Jue 6,11-24a)

» Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? «

Pregunta que permanece en el tiempo, la que lanzó el joven Gedeón cuando el ángel del Señor se le apareció un día en medio de su actividad cotidiana. Es una pregunta que yo me he hecho también alguna vez y que, a lo largo de la historia, se ha ido repitiendo en los momentos de dificultad.

Uno mira las noticias, el mundo, la crisis migratoria, la crisis política, la crispación en aumento, el desprecio al diferente, la guerra que no termina… y se pregunta por qué la mano del Señor no corrige nuestros desastres humanos. ¿Por qué? ¿Seguro que el Señor está, nos ama, nos protege, cuida su barca y a sus hijos?

La respuesta del ángel es también una respuesta para cada uno de nosotros: «Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel. Yo te envío.» El milagro y la fuerza del Señor habita en cada uno. Estamos llamados a ser la voz de Dios, sus manos, sus pies, su caricia, su denuncia, su justicia y su misericordia, en el mundo más próximo. ¿Estamos listos?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Acuérdate del Señor (Dt 8,7-18)

Hoy es uno de esos días en los que hay una Palabra que no me pide comentarla. Me pide leerla. Una y otra vez. Una y otra vez. Leerla. Despacio. Leerla y dejar que entre, que empape toda mi sequedad y que seque toda soberbia. Una Palabra que habla de promesa, del plan que Dios tiene para ti, para mí. Una Palabra viva para un mundo endiosado, que se ha olvidado de mirar al cielo y agradecer a su Creador todo lo recibido. Aquí os la dejo:

«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas, y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta hartarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado. Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta hartarte, cuando te edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes de todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no digas: «Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas.» Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy.»

En mi debilidad, me haces fuerte (II Cor 12,7b-10)

En mi debilidad me haces fuerte. Inmediatamente me viene la canción de Brtoes de Olivo a la mente y, con ella, muchos momentos en los que encontré fortaleza al cantarla y orarla.

Tenemos muy infravalorada nuestra propia debilidad. Es más, la escondemos. En el mundo de hoy, hay que ser fuerte y, si no lo eres, al menos tienes que parecerlo. Avergüenza confesar las propias debilidades. Da mal rollo reconocer los propios fracasos. Se mira mal al que descubre que las fuerzas le fallan y que no puede solo. Y así vamos viviendo día tras día, en una esquizofrenia colectiva que nos destroza por dentro. La imagen que damos se va distanciando de lo que somos realmente y la herida y el miedo a que descubran lo que soy en realidad… se hacen cada vez más grandes.

Y es que nos hemos olvidado de Dios. En una sociedad donde Dios no existe, evidentemente cae sobre los hombros de cada uno el resultado y el sentido de una vida. Si triunfas, bien. Si fracasas, es mejor morirse. Sin Dios, nos hemos quedado solos, huérfanos, en medio de un lago helado a punto de quebrarse.

Pablo, en cambio, ha conseguido experimentar en su vida lo contrario. Da gracias por su debilidad porque sabe que es ahí donde la gracia de Dios sobreabunda y donde ya no depende todo de uno. ¡Y cómo descarga de peso experimentar eso! ¡Y cómo cura! ¡Y cómo sana! ¡Y cómo descansa!

Tú y yo también lo podemos empezar a hacer. Mirando al Cristo de la cruz y diciéndole que no, que no puedes, que no consigues todo, que fracasas, que tienes miedo, dudas, frío. Y ahí, en esa intimidad del desamparo, Dios obra su mayor milagro, el milagro de un amor encarnado y abajado, el amor del Dios de Jesús que arropa a todo crucificado desde su propia cruz para luego resucitarlo en Él.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

 

Misión: salvar al mundo (Jn 17,11b-19)

Nos envían al mundo. Esto del mundo, para un optimista como yo, tiene sus connotaciones positivas. El mundo fue creado por Dios y la belleza y la bondad lo habitan. Pero es verdad que por el mundo campa el mal y el pecado. No es ser un aguafiestas, ni un pesimista. Es simplemente mirar con los ojos para darse cuenta que el Reino de los Cielos todavía no ha alcanzado su plenitud.

Nos envían al mundo. Jesucristo lo hace, como el Padre lo envió a Él. A un mundo lleno de incoherencias, de dudas, de miedos, de trampas. Pero también a un mundo que busca, que tiene sed, que anhela la felicidad y que, es verdad, se equivoca muchas veces en el camino para encontrarla.

Un cristiano debe aceptar que tiene una misión. Es exactamente la misma que la de Jesús: traer la misericordia de Dios a los hombres y mujeres de su tiempo y dar la vida por ellos. Parece que esto no admite mucho azúcar. Hay quién intenta endulzarlo pero no lo consigue. Simple postureo.

Hoy me levanto con esto metido en el coco. Tengo una misión. Y empieza hoy. Con la gente con la que me encuentre hoy. En los proyectos que tengo entre manos. Y por la noche, cuando me acueste, me preguntaré cómo ha ido. ¿Me habré entregado? ¿Me habré dado? ¿Habré transparentado al Dios de Jesucristo? A eso estoy llamado.

Un abrazo fraterno

Id a Internet y proclamad el Evangelio (Marcos 16, 15-18)

De eso se trata. De llegar allí donde están las personas y contarles la Buena Noticia de Jesús. Nada más. Y nada menos. Y, hoy por hoy, y como ya hemos comentado tantas veces, internet y las redes sociales son lugares donde las personas nos encontramos, interactuamos, compartimos y vivimos.

¿Qué hacer? La respuesta la dio Jesús hace mucho tiempo: proclamar la Buena Noticia y, para ello, convendría haberla interiorizado y haberse dejado transformar por ella previamente.

Ayer salió a la luz este vídeo de #iMision. Es un grito a vivir juntos este reto. ¿Te unes?

Es evidente que el mundo está lejos de Dios… (Salmo 71)

Uno lee esto hoy en el salmo…

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre. R.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar amar,
del Gran Río al confín de la tierra. R.

… y se pregunta si ese mundo es posible o es simplemente una quimera. Es el mundo donde Dios reina. Evidentemente, no es nuestro mundo. Ni hay paz, ni hay justicia, los humildes son apabullados y aplastados y el amor, como principio universal, no rige los devenires de la humanidad.

¿Cuánto queda Señor? ¿Qué hacer para conseguirlo? A Ti levnto mi grito oh Dios, a Ti, hoy…

Un abrazo fraterno

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Aquel día… ¡que vuelva! (Isaías 11,1-10)

De las cosas más maravillosas que nos trae el adviento es la Palabra que nos llega, que nos inunda. Saborear al profeta Isaías empieza a hacerse tan imprescindible en mi vida… Esa Palabra, llena de esperanza, es tan necesaria en los tiempos que corren. De verdad… ¿Puede celebrarse la Navidad sin haber degustado, saboreado, tocado, sentido, olido, empapado… todo ésto? Yo creo que lo celebramos a medias.

Hoy es de esos días en que leo la Palabra en alto, la proclamo para mi mismo y para el mundo, aunque nadie haya escuchando en mi casa. Y me recreo en cada frase, en cada sílaba… y siento como mi alma se engrandece, mis ojos se abren, el pelo se me eriza.

Nos nace un Salvador. Lo necesitamos. ¡Lo quiero! ¡Quiero que venga! ¡Que siga viniendo! El mundo vive en tinieblas, cansado, triste, bajo el manto de la oscuridad. ¡Jesús! ¡Ven!

Ese día, el día en que Jesús reine de verdad en el corazón de las personas, todo habrá cambiado.

Un abrazo fraterno
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No pueden pagarte (Lucas 14, 12-14)

Si Jesús normalmente rompe con muchas costumbres de la lógica humana, lo de hoy, en el mundo en el que vivimos, no tiene parangón. ¡Dar sin recibir! Es más… ¡Dar a quién sabes que no te va a pagar!

La interpelación personal de hoy es fuerte. Yo, que tantas veces busco aprobación, reconocimiento… Yo, que tan bien me manejo alrededor de otros para los que soy alguien, para los que tengo una palabra que decir, para los que disfrutan a mi lado y me pagan con su cariño, sus elogios, su confianza total… Para mi la Palabra de hoy va directa al corazón.

Señor, coge lo que tengo y mejóralo. Yo solo no puedo.

Un abrazo fraterno

El Señor me sostiene (Salmo 3)

Ayer domingo ya nos encontramos con unas lecturas tremendas. Yo las escuché como dirigidas a mi, como casi siempre. Ayer especialmente. Y hoy volvemos. Resuena y resuena este «el Señor me sostiene» del salmo. Con un David en problemas en la primera lectura, arrinconado y cuestionado por parte de los suyos, y con un poseido al que Jesús devuelve a la vida como quien dice.

El Señor me sostiene. Aunque parezca que el mundo me arrincona. Aunque parezca que no voy a dar más. Aunque parezca que mi vida la manejan muchos «espíritus»: el tiempo, el trabajo, el cansancio, los contratiempos del día a día… El Señor me sostiene. Lo creo firmemente.

A veces me paro y me comería el mundo y llevaría a cabo mis más ilusionantes proyectos. Al momento me entran todos los miedos del mundo y me cuestiono y pongo en duda mi determinación y le doy un aire de irresponsabilidad. Pero al momento me pregunto: ¿es el miedo el que me hace pensar esto o la sana prudencia? ¿Sí o no? ¿Qué hacer? Y me carcome este dudar… Supongo que es parte de la lucha.

La clave la daba ayer S. Pablo: AMOR. Y que venga lo que Dios quiera. Él conoce a quien ha elegido y a ése lo sostiene.

Un abrazo fraterno

Carta… pese a la huelga

Como no sabía si dirigir esta misiva a los huelguistas o a los gobernantes, prefiero no hacerlo a ninguno de los colectivos en particular sino a todos aquellos que hemos asistido como espectadores a unos días realmente tensos  y tremendamente desagradables para cualquiera que se sienta parte de una sociedad.

No creo que sea fácil forjar una opinión justa sobre este asunto. Te pido que tú tampoco lo hagas. Opiniones fáciles ya hay muchas. Aquellos que forman parte del enconado grupo de españoles «anti-Zapatero» ya vierten fácilmente sus críticas al gobierno y se encargan de convertir la profecía del Apocalipsis en la realidad social más evidente. Los que están inscritos en el club pro-gubernamental están demasiado ocupados buscando sinónimos de «crisis», «trasvase» y entrenándose para cualquier día aparecer en el Pasapalabra y poner en verde la rosca millonaria. Luego hay una mayoría de ciudadanos a los que lo único que les preocupa es lo tarde que llegan a trabajar, los atascos, el desabastecimiento de los súper… en definitiva, las consecuencias que la huelga les depara a ellos y sólo a ellos. Pero un ejercicio de empatía no vendría mal en estos momentos para, si hace falta, mantenerse en silencio intentando ponerse en la piel de los actores principales de este asunto.

No me gustaría estar en la piel del Presidente del Gobierno, ni de algún ministro, ni del Secretario de Estado, ni de la funcionaria que se sienta a negociar en la mesa, ni del delegado del gobierno, ni del comisario de seguridad ciudadana, ni del jefe de los antidisturbios, ni del policía que, porra en mano, debe intervenir. Opinión fácil: para eso cobran. Yo ni cobrando eso quiero ponerme en su lugar. Por un lado, pocas cosas puedes hacer a corto plazo para resolver la situación. Por otra parte tienes que intentar paliar el problema cuadrando números y medidas. Y además mantener la legalidad y el orden público ante una situación tremendamente compleja.

Menos me gustaría estar en la piel de quién se ve abocado a una huelga de estas características porque ya no ve otra salida. No me gustaría descubrir que gano lo mismo trabajando que parado. No me gustaría tener que montar este follón para que alguien me escuche. No me gustaría sentir el peso de las miradas de todos, injustas en su mayoría. No me gustaría tener que tomar medidas desesperadas porque peligra la comida de mis hijos.

Todo nos estamos viendo afectados, sí. Y está siendo incómodo para todos. Pero qué fácil es hablar desde la comodidad del sillón de espectador. Qué fácil y qué injusto.

Todos cumplen con su papel. Los gobernantes y las fuerzas de seguridad están haciendo lo que, posiblemente, deben hacer. Hay cosas en esta huelga que están fuera de la legalidad. Y el gobierno, en un estado de derecho, debe mantener la legalidad. Y los trabajadores en huelga apretando las tuercas porque ya no pueden más. Y aquí quiero diferenciar entre «legal» y «lícito». Estoy convencido de que hay acciones que son ilegales que, encuadradas en una situación concreta, son totalmente legítimas. Cualquiera puede buscar en el diccionario de la RAE la diferencia…

Nos vienen tiempos difíciles. No será la última de éstas en la que nos veamos. Por eso todos debemos luchar cada día por construir un mundo más justo, diferente. No es posible a corto plazo pero los que tenemos hijos estamos dispuestos a rompernos los cuernos por un futuro con más verdad, con menos pobres, con menos ricos, con más justicia, con menos consumismo, con más árboles y con más osos, con menos aparatos, con más sonrisas, con menos armamento, con menos fronteras, con más tiempo libre, con más imaginación, con menos intereses y más niños.

Un saludo