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El Señor es mi luz, aunque a veces encienda linternas (Sal 26)

Al final todo va de querer, de amar. Pero se necesita mucha luz para distinguir el buen amor. Esa luz sólo la da Dios. El Señor es mi luz, aunque a veces me empeñe en encender linternas de tiendas de «todo a 100».

Se necesita mucha luz para querer a los que uno tiene cerca, en lugar de perderse en discusiones de bajo nivel que no llevan a sitios de especial interés turístico. Yo la necesito para frenar mi necesidad de llevar siempre la razón, de pretender que la mirada con la que veo el mundo, sea la mirada de todos. La necesito, Señor, para atender las necesidades de aquellos a los que más quiero; para dejar salir la dulzura que me habita pero que tiene miedo de salir…

Se necesita mucha luz para gastar el tiempo en lo que vale la pena, de discernir dónde sí y dónde no, con quién sí y con quién no. Yo la necesito para centrar mis esfuerzos y energías y poder transparentarte mejor, Dios mío, hablar mejor de Ti, parecerme más a Ti. La necesito, Señor, para saber elegir los momentos que hacen que la vida valga la pena de verdad; elegir los primeros platos y los exquisitos postres y no las migajas y las sobras de la existencia.

Se necesita mucha luz para darse, desnudarse, entregarse, gastarse y sentir, por momentos, que hace frío, que duele, que no hay nadie, que no hay frutos, que no vale la pena, que todo son heridas. La necesito, Señor, para ponerte en medio, delante, y hacerlo por Ti, hacerlo contigo, como Tú lo hiciste en el Calvario, a fondo perdido.

Quiero luz, Señor, y no linternas.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡Hay que ser valientes! (Hch 4,23-31)

No hacía demasiado frío. Montgomery, en Alabama, no es un lugar especialmente frío en diciembre. Aún no había llegado el invierno cuando Rosa Parks se subió a aquel autobús de vuelta a casa. ¿Quién le iba a decir que aquel día mostraría al mundo su valentía?

No andaban las cosas bien en Sudáfrica cuando en 1995 el presidente Mandela toma la decisión de apoyar a los «Springboks», el combinado de rugby de su país formado mayoritariamente por blancos que no le apoyaban y que era, además, diana de odio y venganza de los negros sudafricanos que vivieron durante años el «apartheid». ¿Quién le iba a decir que aquella decisión lo cambiaría todo, que mostraría al mundo su valentía?

Allá por el siglo I, entre los seguidores de Jesús de Nazaret, el Señor, cundía el miedo y la prudencia. El Maestro había sido llevado a la cruz por el Sanedrín, con el beneplácito de Pilato. ¡Pero el Señor había resucitado, ellos se habían encontrado con Él! ¡Y necesitaban contarlo al mundo! Y pidieron ser valientes… y lo fueron. Salieron a predicar.

No es muy diferente el tiempo que nos ha tocado vivir a nosotros. Siempre pensamos que es un momento único en la Historia y llenamos nuestra época de adjetivos: la etapa de mayor prosperidad, la peor pandemia de la historia, la crisis global más grave, el cambio climático más tremendo, el tiempo de mayor paz en el mundo…

Los telediarios y los noticieros intentan convencernos de que somos especiales y de que el pedazo de Historia que nos ha tocado está plagado de originalidad. ¡Sí! ¡Eres el centro! ¡Eres especial! Cuando uno revisa los siglos que le han precedido (a veces no hace falta más que ir unos cuantos años atrás) se da cuenta de que cada época, cada instante, cada generación, cada lugar, ha tenido que demostrar estar a la altura de las circunstancias, de las luces y sombras que caracterizaron su «pedacito» histórico de existencia. Así que no exageremos tanto.

Lo que sí es cierto es que el mundo siempre ha necesitado de valientes. La valentía es ese don que cabalga entre el heroísmo y la temeridad. Los prudentes y cobardes la infravaloran; los alocados y atrevidos, la maquillan y la visten de gala. Pero ¿es la valentía algo de lo que gloriarnos o arrepentirnos? ¿Es mérito o demérito nuestro ser o no ser valientes?

Toda acción valiente requiere de una fuerza especial que brota de lo profundo. Es una fuerza difícil de explicar ya que llega un día, pese a no haber aparecido en días similares anteriormente. No es fruto de un razonamiento muy sesudo ni de una ligereza imprudente. La valentía es una voz que sale del alma y que grita al mundo aquello que es justo y verdadero. Es nuestra y, a la vez, es autónoma y libre. No se deja poseer. Es un vendaval que llega, con ruido o en silencio, y que se va tras haberlo cambiado todo. Es don más que tarea y sólo requiere de nosotros tener el corazón a punto, con la mecha al acecho, para que la chispa prenda y todo salte por los aires.

Los valientes de verdad no dan entrevistas ni se glorían de sus actos. Saben que han recibido la fuerza necesaria y que, únicamente, la han dejado actuar. Los valientes de verdad suelen serlo porque no tienen un gran concepto de sí mismos y porque prefieren ser planetas que Sol. Se reconocen necesitados de otros, mendigos de amor y perdón. Los valientes de verdad son aquellos bienaventurados que, en su pequeñez, descubren a Dios y le dejan hacer, por el bien de otros, por el bien de todos.

Ojalá estemos a la altura de nuestras circunstancias. No porque seamos mejores que nadie sino porque pidamos ser valientes y se nos conceda.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Mi fragilidad, tu grandeza (1Cor 2,1-5)

Miedo, debilidad, preocupación, limitaciones, defectos… Así soy yo. De eso estoy lleno. No sé si paso el test de calidad de evangelizador. Demasiadas «taras».

Leer hoy a S. Pablo me llena de esperanza. Porque veo que él también se descubrió así, pequeño, frágil e imperfecto. Tras su conversión, su desierto, sus dificultades con el grupo de los 12, sus meteduras de pata… entiende que así debe ser. Es Dios quién tiene que hacerse grande, que mostrarse grande, que ser protagonista en su vida y en su predicación. Cuánto más empequeñezca él, más resaltará Dios.

Reconozco que es algo que me cuesta. Por eso le voy a pedir al Señor que me ayude a ser más humilde, que me ayude a abajarme, que me enseñe a postrarme a sus pies.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El tiempo de los vecinos (Lc 4,24-30)

Estamos redescubriendo a nuestros vecinos. En estos tiempos de pandemia y de cuarentena, hemos caído en la cuenta que en las puertas de al lado, y arriba y a abajo, y enfrente, viven personas, familias, vecinos. Nos asomamos a los balcones y nos encontramos con ellos, les saludamos, nos unimos juntos a homenajes y gestos…

Es el tiempo de los vecinos, de los próximos, de los prójimos. Es el tiempo de aquellos a los que hemos olvidado y despreciado mucho tiempo simplemente por eso, por ser vecinos, por estar demasiado próximos como para traer a Dios al mundo.

Jesús es despreciado en su tierra. Por ser vecino conocido. Y nos viene a decirnos que Dios se manifiesta en lo pequeño, a veces en la puerta de al lado, muchas veces a través de quién menos nos esperamos. Abramos los ojos y el corazón y dejemos que Dios nos cuide en tiempos de incertidumbre.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Importante sí, pero a su modo (Lc 9,46-50)

Ser importante parece ser un anhelo de muchas personas. Ser alguien destacado. Ser alguien que no pase desapercibido. Ser alguien que haga alguna aportación destacada. A mí me gustaría ser importante.

En los últimos años se ha producido una lucha interna en mi persona por la importancia anhelada y la pobreza encontrada. O al menos eso pensaba yo. El Evangelio de hoy viene a reafirmarlo: ¿quién es importante a los ojos de Dios? ¿Por qué anhelar la importancia frente a los hombres en lugar de la importancia ante el Padre?

Seré importante, seguro, pero no a mi modo, sino al suyo. Ya lo soy. Sólo tengo que darme cuenta de la vida tan extraordinaria que estoy viviendo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La sabiduría que no dan los títulos – I Martes Adviento 2018 – (Lc 10,21-24)

Una cosa es estudiar mucho, sacar buenas notas, tener muchos títulos, ser muy culto y frecuentar museos, óperas y tertulias literarias y, otra bien distinta, es ser sabio, gozar de la sabiduría. En la Biblia, hay un libro exclusivo para ella y, curiosamente, habla de cositas bien cotidianas y pequeñas. Seguro que mi amigo y hermano José Fernando tendría mucho que decir y explicar sobre la sabiduría, sobre aquello que tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia han deseado alcanzar y se han atrevido a definir. Pero la sabiduría del Evangelio es diferente y es para todos.

«Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños»

La sabiduría de la pequeñez es la que nos propone Jesús y, sí, tiene que ver con Dios. Pero creo que no tanto a nivel teológico. No es algo reservado a estudiosos y licenciados. Es un horizonte para ti, para mí. Yo he conocido a algunos sabios y sabias en mi vida. Personas que, muy al contrario de lo que pudiera parecer, supieron afrontar su existencia desde el conocimiento de lo que es realmente importante. Un coach de hoy diría que sabio es aquel que saber vivir dando importancia a lo verdaderamente importante. Y para eso no hace falta ser ningún gurú. Simplemente hace falta tener el corazón bien abierto, la mirada afinada y el oído presto.

«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!»

Sabio es el que reconoce a Dios en su cotidianeidad. El que no espera milagros sino que los reconoce. El que espera salvación porque se sabe salvado. El que celebra el amor pequeño y frágil y, desde ahí, lo hace grande y eterno. El que mira al mundo con cariño y benignidad. El que juzga poco y procura entender y acercarse. El que descubre lo bello de las personas y no se rasga las vestiduras con sus errores. El que tiene las ideas claras pero no necesita imponerlas con el discurso, pues su vida es suficientemente potente en cuanto a testimonio de lo que cree.

Ojalá este tiempo de Adviento nos sumerja en la sabiduría de Dios. Sólo desde ahí contemplaremos el misterio de Nochebuena con esperanza.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Un Reino nada espectacular (Lc 17,20-25)

Reconozco que, conociéndome, me encantaría que el Reino de Dios se hiciera presente de manera más contundente y espectacular. Hace poco compartía con mi acompañante los pros y contras de vivir la vida con un alto grado de épica. Es muy emocionante, sí, pero a la vez olvida el valor de lo pequeño, de lo invisible, del día a día.

Hemos hecho del seguimiento de Jesús, tantas veces a lo largo de la historia, algo tan grande… Hemos construido grandes catedrales, inmensos monasterios; hemos coronado a emperadores y hemos gobernados territorios; muchos se consideran príncipes de la Iglesia y, otros tantos, han utilizado el mensaje del Señor para imponer sus criterios. Hemos hecho de la liturgia muchas veces un escaparte de ornamentos valiosos. Hemos elevado hasta el infinito la humanidad de los santos y del mismo Cristo. En definitiva, nos hemos olvidado muchas veces del Evangelio de hoy.

En mi vida pasa igual. Valoro enormemente los grandes momentos, las grandes ocasiones y olvido, sin quererlo, la pequeña rutina diaria, donde el Reino se manifiesta en casa y en la maravilla de la diferencia de cada uno.

Te pido Señor gafas de cerca. De lejos veo bien. Tal vez demasiado. Necesita fijar la vista en lo que tengo más a mano. Descubrirte también en mí, pese a mis imperfecciones, fracasos y frustraciones. Necesito que las luces del escenario se apaguen y que hablemos cara a cara en la intimidad del camerino.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Ser pequeño (Mc 10,32-45)

Esto va de ser pequeño.

«El que quiera ser grande, sea vuestro servidor;
y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.
Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan,
sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

Es el milagro de la pequeñez. La fuerza poderosa del que prefiere ponerse al servicio que ser importante.

Ser pequeño no es ser mediocre.
Ser pequeño no es ser inculto.
Ser pequeño no es ser conformista.
Ser pequeño no es ser débil.
Ser pequeño no es ser tonto.
Ser pequeño no es ser irresponsable.
Ser pequeño no es ser ingenuo.
Ser pequeño no es ser esclavo.

La pequeñez de Jesús radica en la grandeza del que, haciendo la voluntad de Dios, se despoja de todo y decide libremente gastar su vida en beneficio del prójimo.

La salvación del mundo sigue siendo de los pequeños, de aquellos que con sus heroicos actos de amor salvan a la humanidad cada día sin ser conocidos por nadie. En ellos radica el secreto de que esto siga adelante.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Se buscan testigos de andar por casa #mioracióndehoy

Yo a veces caigo en la trampa, lo reconozco. Quiero ser un testigo de Jesus HQ (High Quality). Quiero que la gente se sorprenda al escucharme, quiero demostrar lo que sé, quiero que me ensalzen, que me aplaudan, que se acuerden de mí, que acudan a mí por mis méritos… A veces caigo en la trampa en las redes y busco el tweet más certero, las palabras más precisas, la imagen más rompedora, la presencia más especial. A veces caigo en la trampa y creo que cambiaré el corazón de las personas y que salvaré sus vidas con mis propios medios, por lo que yo soy, por lo que yo hago.

Me encuentro con la Palabra de hoy y me da cierta vergüenza. Me da estupor la confesión del gran S. Pablo, dando a conocer su miedo y su floja predicación. Estupor. Porque a mí, como a muchos, me gustan los cracks, los grandes, los gurús del testimonio…. Y no me doy cuenta de que los que hoy considero gurús eran pequeños, pequeñísimos… enfermos, débiles, tentados, atacados, desvalidos…

El salmo lo deja claro: ¿dónde está la fortaleza? ¿Dónde está la grandeza? Meditar la Palabra, buscar y gustar a Dios, orar, cumplir sus mandatos, anhelar su voluntad, amarla… Abrirnos al Espíritu, empaparnos de Él, llamarle para que venga y nos inunde y para que Él lo haga todo. Que nos coja y nos haga instrumentos de la grandeza de Dios. Ese es el testimonio más poderoso. Dejar que Dios actúe en mi más absoluta pequeñez.

Posiblemente la reacción, alrededor, será la del Evangelio. A la gente no nos gustan los «hijos de los carpinteros», no aceptamos que tengan algo que aportar, no admitimos que sean ellos los elegidos de Dios.

Un abrazo fraterno

Antes muertos que sencillos… (Mateo 11, 25-30)

Esto de que los sabios y entendidos no sean los primeros en todo… escuece. Escuece que la gente, el pueblo, los feligreses de a pie, la gente sencilla y pobre… sea la favorita, la elegida, la prioridad. No sólo es que Jesús se vuelque con ellos sino que afirma que ellos guardan la misma esencia de Dios en su interior.

Jesús, al contrario de la imagen que muchos tienen de Él, era manso y humilde ante la voluntad de su Padre pero sembró revuelta y discordia en la sociedad religiosa de su época. Puso patas arriba mucho de lo establecido, cuestionó duramente a los pastores y no dudó en comer y acompañarse de pecadores. Las consecuencias todos las sabemos.pequeñez

La Palabra de Jesús me cuestiona enormemente en el día de hoy. Porque en el fondo soy soberbio, creído, autosuficiente. Juzgo duramente el trabajo y las capacidades de otros… soy un sabio del momento. Me pasa en casa, con mi mujer, en el AMPA, en la Fraternidad… esta convicción de que nadie lo haría como yo lo hago. Y ¡zas! ¡En toda la boca! Jesús me abraza, porque sabe cómo soy, y me dice que no, que no, que este no es el camino. Me recuerda que cuánto más pobre, más humilde, más dócil… más fácilmente entenderé su llamada, su verdad, su camino.

¡Cuántas resistencias! ¡Cuánto ego! El Papa Francisco nos va dejando también, día a día, material de conversión. Su palabra se está alzando también ante las azoteas del mundo y de la Iglesia, llamándonos a la misericordia, al encuentro, al perdón, a la confianza. Y eso está removiendo los pilares de muchos… Y no es la sencillez y los gestos lo que molestan sino todo lo contrario: la palabra humilde que llama a la pequeñez en un mundo donde, incluso en la Iglesia, creemos saberlo casi todo.

Un abrazo fraterno