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Un cántico nuevo (Sal 95)

Es hora de cerrar un ciclo y comenzar otro. ¿Mejor? ¿Peor? ¿Cómo se califican los años, en los que tantas cosas pasan? ¿Cómo valorar lo que este anciano 2020 nos ha quitado y nos ha aportado? ¿Habrá que dejar pasar el tiempo?

Lo que es claro es que Dios lo hace todo nuevo y que de las cenizas que hoy tocamos con las manos, Él nos ayudará a sacar vida de nuevo.

Es tiempo de cantar un cántico nuevo, diferente. Se asoma una nueva oportunidad. Cada día lo es. Cada año también. Celebremos la vida. Celebremos el amor.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Creciendo en familia (Lc 2,36-40)

Es de los pocos pasajes en el que se nos hablaba de un proceso en el tiempo durante la infancia y adolescencia de Jesús: iba creciendo, robusteciéndose y se llenaba de sabiduría. Y todo eso en su pueblo, junto a su familia.

Fueron años donde ese crecer, ese robustecerse y ese llenarse, fueron preparando a un niño, y luego a un joven, para la misión que Dios Padre le tenía reservada. No era el momento. Ni podía serlo. Jesús, Dios Hijo, tenía pocos años y mucho que aprender todavía.

Los frutos en el camino llegan después. A veces queremos verlos pronto pero el tiempo juega su papel. Jesús no pasó 30 años «esperando», escondido, su momento. Su momento llegó tras una infancia y una juventud vivida en plenitud, tras una vida familiar rica, tras una preparación seria.

Dios se encarnó y vivió todo aquello que nos es plenamente humano y sacralizó, por tanto, todo para nosotros. Dejemos que la vida siga su curso. Crezcamos, robustezcámonos, llenémonos de sabiduría. No tengas prisa en encontrar lugares en el mundo, en responder a vocaciones tempranas. Poco a poco. Todo llega. Y cuando llegue, debemos estar preparados.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

No tengamos miedo de ser pequeños y frágiles (Mt 2,13-18)

La luz convive con el pecado. Lo hace dentro de mí y lo hace en el mundo en el que vivo. El Reino se va abriendo paso, si le dejamos. A veces no lo percibimos. Estamos acostumbrados a la sombra, a la derrota, a la miseria y a la pobreza.

Por eso le molestó a Herodes aquel pequeño que acababa de nacer. Porque no hay nada más peligroso para la oscuridad que la semilla de la esperanza.

Me siento pequeño muchas veces, huyendo de aquello que me da miedo, como José y María. Me siento frágil y pecador, fallón, fracasado en muchos intentos. Y, a la vez, Tú siembras en mí la esperanza, Señor. Te haces fuerte en mí y me haces fuerte por Ti. Esa es mi fuerza, aunque duela muchas veces.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El cielo abierto (Hch 6,8-10;7,54-60)

Curiosa coincidencia. Ayer hablando de un niño que nace y hoy hablando de un testigo que muere, atacado, odiado, asesinado. El cielo se abre y el sol baja a darnos luz y salvarnos. Y ya nada será igual.

Tomar conciencia de que Jesús está aquí, nos lanza a la misión. No estamos solos, lo sabemos. El cielo se ha abierto para que entremos en él. Cuando uno vive sin miedo, es Navidad, porque Jesús vuelve a nacer en la pobreza de un corazón que se transforma.

San Esteban murió porque Cristo nació, murió y resucitó. Esteban lo dio todo, por su Rey, por sus hermanos. Y su testimonio, fue estrella para otros que decidieron ponerse en camino.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

¡Feliz Navidad!

Feliz Navidad. Dios está en tu vida. No está lejos, sino cerca. No es sólo espíritu, sino también carne. No nos deja solos, sino que camina a nuestro lado. No es un Dios pomposo en su poder, sino que ama a los humildes y sencillos.

Feliz Navidad. Dios viene para salvarte. Lo necesitas. Necesitas su luz en medio de las oscuridades que atraviesas. Él quiere rescatarte. Sabe de tus preocupaciones, de tus miedos, de tus sensaciones, de tu pequeñez. Su amor pasa por encima de todo.

Feliz Navidad. A los frágiles. A los abuelos solos. A los migrantes. A los niños. A los perdidos. A los descartados. A los enfermos. A los mendigos. A los presos. A los abandonados. A los huérfanos. A las madres solteras. A los pacíficos. A los humildes. A los que no tienen trabajo. A los que han sufrido abusos. A los que no se encuentran. A los que han perdido toda esperanza.

Feliz Navidad.

Lunes IV Adviento 2019 (Mal 3,1-4.23-24)

Mensajeros de Dios. Personas que anuncian su presencia. Hombres y mujeres que, alguna vez, se han cruzado en nuestro camino y nos han hablado de Dios, de su amor inagotable por nosotros.

La Navidad es también el tiempo de los mensajeros, de aquellos que, en la oscuridad, en el desierto, en la cotidiana rutina, vienen a nosotros y nos anuncian la llegada de alguien que viene para salvarnos. Su manera de anunciarlo difiere. Hay quienes lo anuncian con su honda alegría. Otros con su ternura. Hay quienes tienen el don de la palabra y nos hablan de Él, removiendo nuestro corazón. Algunos lo anuncian con su dedicación y entrega a los más pobres. Están los que cuidan a los ancianos, los que acompañan a los jóvenes desdichados, a los descartados de la Tierra. Y los que llegan con esperanza en los momentos de mayor oscuridad personal.

Benditos sean Señor todos los mensajeros que te trajeron a mi vida, que me hablaron de ti, que me lanzaron a buscarte. Benditos sean.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Examinando espíritus (1 Jn 3,22 – 4,6)

Qué propuesta tan interesante para comenzar el año. ¡No me digáis que no suena bien! ¡Tiene su punto chic, top, fashion, interesante, glamuroso… misterioso…! Examinar espíritus…

El caso es que durante el día, y más allá de las 24 horas que dura una jornada, es verdad que siento que me mueven muchas cosas. ¿Nunca habéis tenido intuiciones que os llevan a tomar determinadas decisiones? ¿Nunca habéis sentido la necesidad de decir o hacer algo? ¿Nunca os ha pasado que habéis necesitado esconderos, guardar velas, como empujados por un terrible miedo a padecer? ¿Nunca se os han pasado cosas por la cabeza ilusionantes… o, a veces también, tristes y faltas de esperanza? ¿Nunca habéis tenido ganas de tirar la toalla? ¿O de jugaros la vida por algo? Pues eso… espíritus varios que, cual vientos, llegan a nuestra vida y nos zarandean para aquí y para allá. Vientos que nos sugieren caminos que parecen correctos… o no.

Examinar es sinónimo de discernir. Quiero que sea mi palabra de 2019: DISCERNIMIENTO. Porque uno no puede dejarse llevar sin más. Porque la vida acabaría en la cuneta. Hay que oponer fuerzas a algunos vientos y ponerse a favor de otros. La cuestión es: ¿cómo acertar? No hay fórmulas mágicas. Podemos equivocarnos, claro que sí. Pero cuanto más cerca de Jesús estemos a la hora de discernir y cuanto más cerca de Jesús nos lleve el viento… más posibilidades de acertar. Oración, silencio, buenas compañías, comunidad, sacramentos, descanso, trabajo ofrecido, repaso del día en la noche… y adelante.

Examinemos espíritus. No vaya a ser que nos posean aquellos que nos llevan a la perdición.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

La sabiduría que no dan los títulos – I Martes Adviento 2018 – (Lc 10,21-24)

Una cosa es estudiar mucho, sacar buenas notas, tener muchos títulos, ser muy culto y frecuentar museos, óperas y tertulias literarias y, otra bien distinta, es ser sabio, gozar de la sabiduría. En la Biblia, hay un libro exclusivo para ella y, curiosamente, habla de cositas bien cotidianas y pequeñas. Seguro que mi amigo y hermano José Fernando tendría mucho que decir y explicar sobre la sabiduría, sobre aquello que tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia han deseado alcanzar y se han atrevido a definir. Pero la sabiduría del Evangelio es diferente y es para todos.

«Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños»

La sabiduría de la pequeñez es la que nos propone Jesús y, sí, tiene que ver con Dios. Pero creo que no tanto a nivel teológico. No es algo reservado a estudiosos y licenciados. Es un horizonte para ti, para mí. Yo he conocido a algunos sabios y sabias en mi vida. Personas que, muy al contrario de lo que pudiera parecer, supieron afrontar su existencia desde el conocimiento de lo que es realmente importante. Un coach de hoy diría que sabio es aquel que saber vivir dando importancia a lo verdaderamente importante. Y para eso no hace falta ser ningún gurú. Simplemente hace falta tener el corazón bien abierto, la mirada afinada y el oído presto.

«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!»

Sabio es el que reconoce a Dios en su cotidianeidad. El que no espera milagros sino que los reconoce. El que espera salvación porque se sabe salvado. El que celebra el amor pequeño y frágil y, desde ahí, lo hace grande y eterno. El que mira al mundo con cariño y benignidad. El que juzga poco y procura entender y acercarse. El que descubre lo bello de las personas y no se rasga las vestiduras con sus errores. El que tiene las ideas claras pero no necesita imponerlas con el discurso, pues su vida es suficientemente potente en cuanto a testimonio de lo que cree.

Ojalá este tiempo de Adviento nos sumerja en la sabiduría de Dios. Sólo desde ahí contemplaremos el misterio de Nochebuena con esperanza.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Adviento para un estudiante – I Domingo 2018 – (Lc 21,25-28.34-36)

Muchos de vosotros estáis enfrascados en el final de una evaluación. Algunos ya habéis recibido notas, otros estáis a punto y, aquellos que sois universitarios, aunque os queda todavía un poco, comenzáis a sentir que los días pasan y que las materias avanzan. Y en medio de todo esto, nos llega el Adviento, anunciado ya por aquellos que han convertido la Navidad en un mero escaparate publicitario pero que, a la vez, nos ayudan también, ¿por qué no?, a sentir que estamos en un tiempo especial.

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo…»

El Adviento es un tiempo para que reconozcas tus angustias y aquello que te da miedo y te genera ansiedad. Creo que, como estudiante, sabes de lo que hablo. Sientes en tus espaldas el peso del deber, de la obligación muchas veces de un estudio que puede que vivas con agradecimiento o, también, que puedes estar viviendo como algo que otros han decidido para ti. Una carga que algunos os pesa un poco y a otros os pesa mucho. ¿Cuánto te pesa a ti? Sentir que hay que cumplir y estudiar y que otros, nuestros profesores, nuestros padres, el entorno, están esperando los resultados. ¡Te decimos que no es lo más importante y, sin embargo, hay gran expectación! Y eso angustia muchas veces. Y el simple hecho de visualizar el fracaso… ¡buf! Aparece la ansiedad. Si han llegado ya los suspensos, la tristeza y la desesperanza. ¡A cuántos he escuchado yo estos días, en bachillerato, decir que lo quieren dejar, que no pueden con ello…! Sopla fuerte el viento de la vida, el oleaje es poderoso y, ahí en medio, tú.

«Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día…»

Estos días, en que somos evaluados, en que se mide nuestro esfuerzo, nuestro conocimiento, nuestra destreza… Estos días ya han llegado o están a punto de llegar. ¿Cómo lo vives? Si miras atrás, ¿cómo los has preparado? ¿Eres de los que se han preparado con tiempo o de los que parece que se encuentran con ellos de repente? Tus exámenes no dejan de ser también una metáfora de los momentos en la vida en la que debemos demostrar todo lo que hemos aprendido, todo lo que nos han enseñado, todos los valores en los que nos sustentamos, toda la madurez que hemos adquirido. Siempre llegan esos momentos. Hoy son exámenes, mañana una enfermedad, pasado una amistad que se rompe, una pareja que se frustra, un trabajo que no llega… ¡Cuidado, nos dice el Evangelio! Cuidado. ¿Están tu corazón y tu mente preparados?

«Alzad la cabeza.[…] Estad, pues, despiertos en todo tiempo. […] Manteneos en pie»

El Adviento llega en medio de todo este siniestro juego de decepciones, tragedias, cansancios, frustraciones, errores, cobardías, malas noticias… Y llega para arroparte, para decirte que no es tiempo de quedarse postrado, lamiéndose las heridas, con la cabeza baja, derrotado. Hay que despertar. Jesús no viene a solucionarte los problemas, no te equivoques. No va a aprobar tus exámenes, ni va a cambiar lo que ya ha pasado. Pero si puede alimentar tu corazón herido. Si puede susurrarte que sigues estando ahí, vivo, querido. Si puede recordarte que eres mucho más que tus tristezas y tus fracasos. Si puede acariciarte y recordarte que en la debilidad, muchas veces; en la oscuridad, muchas veces, está el comienzo de un nuevo tiempo. ¿No sientes tantas veces que necesitas algo más? ¿No me has dicho que buscas ser feliz, que quieres ser tú mismo, que aspiras a jugarte la vida por eso que vale la pena? Pues arriba. Es tiempo de esperanza, una esperanza que sólo brilla cuando la noche ha caído.

#esNavidad – La escucha y el discernimiento

Creo que no me ha sido regalado el don de la escucha o, a lo mejor, lo tengo tan abandonado o tan mal entrenado que pienso que no dispongo de él. Me va más hablar que escuchar. Soy testigo de palabra fácil y de escucha difícil. Y no me gusta, ¿para qué decir otra cosa?

Hoy leo la lectura de Pablo y me sobrecojo al leer cómo pone la escucha como lugar y medio privilegiado de discernimiento y de unión con Dios. Y no lo aplico tanto a «los otros», a los que escuchan o no lo que tengo que decir sobre Dios. Lo aplico a mí mismo: ¿Escucho? ¿Escucho la Palabra de Dios cotidianamente? ¿Escucho a Dios a través de la Iglesia, de sus ministros, de sus pastores? ¿Escucho a Dios a través de los hermanos que tengo más cerca? ¿Escucho a Dios a través de aquellos que pienso que nada dicen sobre Él?

Señor, ayúdame a escuchar mejor, a escucharte mejor. Lo necesito.

Un abrazo fraterni