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Dios, yo y las cuatro estaciones (Génesis 17, 1. 9-10. 15-22)

Dios te cambia el nombre. Dios te transforma. El amor de Dios hace que no puedas ser ya el mismo. Mientras lo siga siendo, mientras siga ensimismado en mi ombligo, con mis temas de siempre, mis miedos de siempre, mis problemas de siempre, mis debilidades de siempre, mis bajezas de siempre… es que todavía Dios me queda algo lejos. No por Él sino por mi.

El Señor le pide a Abrán lo mismo que me pide a mi: «CAMINA EN MI PRESENCIA CON LEALTAD». Y me viene ahora la mente el sistema solar y las estaciones… Cuando la Tierra se aleja del sol, en su movimiento de traslación, estamos en invierno. Cuando la Tierra se acerca al sol, llegan la primavera, el calor, la floración… Dios es mi SOL. Dios debe ser el centro de mi sistema. Cuanto más cerquita de Él me mueva… más flores, más largo es el día, más luz, más calor… El sol no es quien viene ni va. Dios no se mueve. Dios me ama y no se mueve de su amor. Soy yo el que voy y vengo. Por eso Dios me lo deja claro. No es una orden para su propia satisfacción. Es una orden para mi felicidad, para mi plenitud. Es un mandato de amor. «Camina cerca de mi y mi calor, mi luz, mi amor… te cambiará, te transformará y las bendición llegará a tu vida, la felicidad, la paz…»

Traslación

¿Dónde pongo yo mi centro? ¿Qué hago con este mandato de Dios?

Hay, incluso dentro de la Iglesia, personas que no se creen esto; que no creen en que la vida les irá mejor si ponen a Dios en su centro y se despreocupan. Yo sí me lo creo y asisto a los milagros diariamente. También es verdad que a lo que yo llamo milagro, otro, tal vez, le llame… «casualidad». No me importa. Al contrario, doy gracias por tanta milagrosa casualidad…

Un abrazo fraterno

El viento sopla donde quiere (Juan 3,1-8)

Tenemos que asumir que no controlamos demasiado de nuestras vidas. La sociedad en la que vivimos intenta una vez tras otra convencernos de que es así, de que nuestras seguridades, conocimientos, capacidades económicas… nos dan la certeza de controlar nuestras vidas pero, al final, no es tanto lo que está bajo el poder de nuestra decisión.

El viente sopla donde quiere y es mejor tener el espíritu curtido. Esa es la seguridad que yo quiero: estar listo para lo que venga, capaz de afrontar aquello que se me pida, consciente de asumir lo que considere oportuno.

Recuerdo con agrado la segunda peli de Narnia en la que sólo la pequeña es capaz de ver a Aslan, de intuir un camino en el precipicio. Sólo ella es capaz de verlo porque sólo ella quiere verlo, sólo ella sabe que sin él todas las luchas se tornan en complicadas. Con él todo es diferente. En su abrazo encuentro paz y soy capaz de muy altas cotas. Quiero nacer, en esta Pascua, de nuevo. Quiero seguir poniendo mi vida a su luz. Sé que es el mejor camino hacia la felicidad.

Un abrazo fraterno

Buscad y encontraréis (Mt 7,7-11)

De la tripleta de frasecillas del Evangelio de hoy me quedo con ésta: «Buscad y encontraréis».

Buscar es un verbo activo. Implica acción y voluntad del sujeto. Lo que se encuentra no es fruto del destino, de la suerte… es fruto de la decidida, confiada y arriesgada decisión de «buscar». Buscarme a mi mismo. Buscar mi felicidad. Buscar a Dios. Buscar a Cristo en el prójimo. Buscar mi lugar. Buscar mis dones. Buscar el tesoro del que habla la Palabra.

También creo, por otra parte, que este verbo activo no debe acompañarse de ansiedad. Una cosa es buscar y la otra desesperarse buscando y no encontrando. Se trata de disponer la voluntad, agudizar los sentidos y saber escoger cada día desde que me levanto hasta que me acuesto. Todo ésto aderezado con amor al prójimo y confianza en el Padre, que me ama y que conoce a quién eligió, irá haciendo camino.

Un día miraré atrás y reconoceré con gusto: Busqué y, sin duda, ahora me doy cuenta, encontré.

Un abrazo fraterno

Carta a una pareja amiga que se casa

Queridos amigos,

una boda siempre es una buena noticia. La vuestra también. Una buenísima noticia. Para mi y para la humanidad entera. Dos personas que han descubierto que más allá de uno mismo se encuentra lo mejor. Dos personas que han decidido arriesgar y dirigir sus vidas, conjuntamente,  hacia Ítaca.

Cualquier boda, y más la vuestra, trae a mi intercambiador emocional mi propia decisión hace ya unos cuantos años. Cada boda es capaz de renovar en mi los votos que, en un anochecer al pie del Retiro, decidí asumir por Esther, para Esther, con Esther. Mañana, cuando me levante, volveré a renovarlos porque hay compromisos que vale la pena tener frescos cada amanecer, en la primera inspiración del día.

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Poco os puedo decir que no sepáis ya. Hoy hay multitud de información, libros de autoayuda, excelentes tratados matrimoniales y una ingente cantidad de webs donde explican qué es el matrimonio y con qué peligros os vais a enfrentar y cómo debéis superarlos. Así que la teoría es abundante y diversa. De todas formas os aconsejo que no os obsesionéis con las dificultades y que potenciéis aquello que os ha llevado a cogeros de la mano para afrontar este viaje.

Cualquier viaje es complicado y hermoso a la vez. Cualquier proyecto es ilusionante e inquietante a la vez. El sabio arco iris ha enseñado ya a nuestros antepasados que la gama de colores es grande y variada y que existen los oscuros, los insípidos, los alegres, los sosos, los chillones… Y todos se van a dar. Y debéis estar preparados para ello. ¿Qué quiere decir «estar preparados»? ¿Saber cómo afrontar cada situación? Ni mucho menos. ¿Actúar sin herir al otro? Ni mucho menos. «Estar preparados» es ser conscientes de lo que hoy decidís, de lo que hoy os trae hasta aquí, de lo que queréis construir juntos, de lo que os enamora del otro… y tener claro que habrá momentos en los que sólo existirá eso para agarrarse. Y que las tormentas pasan si la barca es fuerte. ¡Construid una embarcación poderosa! ¡No os conforméis con una bonita y pintoresca barquita de paseo!

«El amor no es suficiente» le decía Meryl Streep a su hijo en «Secretos compartidos». El amor es condición necesaria pero no suficiente. La vida en pareja es más complicada y enrevesada. La familia tiene más tela que cortar. Es necesario que os améis y que os lo demostréis también esos días en los que no tengáis ganas; también aunque os parezca forzado y falto de espontáneo romanticismo. Cuidaos y respetaos. Discutid cuando haga falta. Hablad mucho. Sed cada uno uno mismo pero dejaos transformar. Tu pareja te va a descubrir rincones absolutamente escondidos de tu paisaje interior. Déjate sorprender. Acoplaos para formar un buen equipo para que la casa funcione. Hay lavadoras que poner, ropa que guardar, facturas que archivar, trabajo que atender, cenas que preparar, camas que hacer, chapuzas que chapuzear… incluso en los días en los que te apetecería tirarte en el sillón de la casa de tu madre.

El gran milagro del matrimonio es que dos personas se unen para formar una unidad que, lejos de anular a cada miembro, revertirá en vuestro crecimiento personal. No os equivoquéis. Cada uno seguís siendo únicos e irrepetibles. Cada uno seguiréis teniendo vuestras propias aficiones, vuestra música favorita, vuestro sueño personal, vuestros amigos, vuestras emociones tan particulares, vuestras heridas, vuestro pasado… No debéis hipotecar todo eso sino trabajar juntos para intentar que todo quepa y, a la vez, desprenderse de aquello que no quepa cuando ambos lo veáis. Dejaos espacio vital, no os asfixiéis y tened un ratito para vosotros mismos. De lo sanos que estéis por separado dependerá la salud de la pareja.

Y cuando las cosas se tuerzan y las nubes sean grises, no os asustéis pero tampoco adormezcais el miedo. Dejad que las alertas suenen pero no os precipitéis a la salida. Miraos a los ojos y descubríos. No siempre es culpa de alguien. Otras veces sí. Os haréis daño porque quien ama está demasiado expuesto. Ponedle remedio pero no os regodeéis en vuestro dolor. De nada sirve pensar que nunca haréis daño a aquel a quien amáis y os ama. Descubrid juntos dónde está el agujero del barco y disponeos a reparar la chapa cuanto antes. No lo dejéis. No lo calléis pensando que las flores silvestres llegarán con la primavera.

El viaje a Ítaca es maravilloso. ¡Viajad! ¡Disfrutad! ¡Sed! ¡Construid! Y no dejéis de arriesgar. De poco valen las seguridades. Y tened un niño antes de comprar un perro. No queráis ser quinceañeros compulsivos como algunos que conozco.

Me despido tras las notas de «Anónimo veneciano» esperando y deseando que descubráis la felicidad en las pequeñeces de vuestra vida en común. Ahí os jugáis llegar a buen puerto. Yo estoy seguro de que lo conseguiréis.

Un fuerte abrazo

Vuestro amigo, Santi.

Los dones son irrevocables (Rm 11, 29-36)

Cuando intentamos transmitir a los chicos y chicas de nuestros grupos de catequesis que es importante descubrir los dones que a cada uno le han sido dados, una de las cosas que les decimos es que una de las características principales de un don es que es permanente o, como dice Pablo, irrevocable. Los dones siempre están, permanecen, no desaparecen.

Esto es importante, al menos para mi lo es. Los dones son las armas con las que salgo al cambo de batalla. Y siempre están ahí. Es lo que me ha dado Dios para ser feliz, para construir Reino y para los demás. No hay mucho más. De mi dependerá tenerlas a punto, desarrolladas, cuidadas… De mi depende estar acostumbrando a funcionar desde mis dones pero nunca podré decir que a mi se me ha dado menos, que yo no soy capaz. En mis dones está parte de la llave de mi felicidad y de la capacidad de hacer felices a los que me rodean y de poner a Dios en el mundo.

Un abrazo fraterno

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